martes, 25 de junio de 2013

Poker

Con cartas que no son cartas. Y la baraja española me irá mejor que la francesa para este símil.
Este no deja de ser otro de mis múltiples capítulos liosos a la cabeza, que he llegado a contar a amigos y cuando iba por media historia ya se habían perdido un par de veces y preguntaban de que carta hablaba.

Empezando por el principio diremos que estamos jugando a tener 4 cartas iguales. A cada turno das la que no quieres y te dan una nueva. Yo empecé con el rey (reina en este caso) de bastos. Y decidí quedarmela, pues por encima de esa carta solo estaban los ases, fuera de mi alcance. Además, que me gustó el basto. Yo iba jugando pero sin deshacerme de mi reina de bastos. Todo bien hasta que llegó a mis manos el rey de copas. De golpe tenía dos reyes, pero por alguna cosa no me gustaba tener dos. Pero me emperré con los dos y obvio, me los quedé. Rey de espadas. Tan rápido? Si aún no me había hecho a la idea del anterior!
Pero no por eso lo menosprecie, pero además, le vi algo que no le había visto a ninguna otra carta. No sé si seria la fuerza de la espada y su brillo lo que me dejo atontado, pero no quería dejar esa carta. Sin darme cuenta llegaba a mi el rey de oros. Se me hizo extraño tenerlo en las manos, no me acababa de convencer, lo veía muy frío, artificial... Me acababa de percatar de que tenía poker de reyes, que había ganado, pero no quería tener 4 reyes. Quería uno solo. Tal y como entró el oro se fue. No me convencía. Tres más y ya sabía que rey sería el siguiente en abandonarme: copas. No hay razón aparente, así que no preguntéis.
En mi mano bastos y espadas. Y no lo tenía claro. Hasta que comprendí que con los bastos solo conseguiría un golpe tras otro y de que la espada ya había hecho su trabajo y estaba clavada en mi cabeza. Descartamos bastos, me levanto de la mesa y me llevo mi carta.


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